La importancia de leer cuentos reside en que desarrolla la creatividad y habilidades del lenguaje.
Los cuentos han sido, prácticamente en todos los pueblos y culturas, una forma privilegiada de transmitir sabiduría, tanto en lo que se refiere a su aplicación en lo cotidiano, como en lo que respecta a niveles más altos de conocimiento trascendente.
La ira y el sabio
Un hombre era asaltado a menudo por fuertes ataques de ira que no sabía controlar. Él era bien consciente de ello, y esos arranques de cólera le hacían
padecer mucho, pues deterioraba todas las relaciones que tenía con su familia y amistades.
Un día alguien le dijo:
––Conozco un sabio que tal vez puede ayudarte. El hombre visitó al sabio y le expuso el problema. Al terminar el relato el sabio dijo:
––Creo poder ayudarte. Verás, la próxima vez que tengas un ataque de ira ven a verme de inmediato para que yo pueda observar de qué clase de ira se
trata y así poder ponerle remedio. Yo vivo allí, en lo alto de la montaña.
Y señaló una casa a la que se accedía por un largo camino empinado.
––Así lo haré ––contestó el hombre, esperanzado.
Sucedió que a los pocos días tuvo un arrebato de ira y, acordándose de las palabras del sabio, corrió hasta la cima de la montaña. Al llegar estaba completamente agotado.
––¡Ah, estás aquí! Pero te dije que vinieras cuando tuvieras ira.
––La tenía, pero ahora se me ha pasado.
––Eso es que has tardado mucho en subir ––le contestó el anciano––. La próxima vez deberás subir la cuesta mucho más rápido antes de que se te pase la ira.
El hombre se marchó cabizbajo por no haber encontrado solución a su problema.
Pocos días después, un suceso sin importancia hizo que volviera a saltar su ira. Entonces se acordó de las palabras del sabio y empezó a correr lo más rápido que pudo. El sol estaba en todo lo alto, hacía un calor tremendo y la subida era realmente dura, pero el hombre se esforzó todo lo que pudo para poder llegar a tiempo de mostrar su ira al sabio.
Cuando llegó, completamente exhausto, tuvieron que atenderlo. Naturalmente no había ni rastro de ira. Pero desfallecido como estaba, sí pudo oír al sabio decir:
––En verdad, creo que me engañas. Si la ira te perteneciera podrías enseñármela en cualquier momento, pero no es así y por ello te puedo asegurar que no es tuya. Lo que pasa es que se te pega en cualquier lugar y por cualquier cosa, y la recoges sin darte cuenta, por lo que la solución es que la próxima vez no la recojas.
Moraleja
Este pequeño cuento, lleno de fino humor, nos permite reflexionar sobre la naturaleza humana desde una perspectiva muy atractiva. ¿Es la ira una emoción o una respuesta reactiva orgánica que se entronca con nuestra raíz animal? La diferencia entre una reacción humana llena de violencia ––la ira lo es–– y la de un animal, es que en la primera sí puede intervenir la conciencia y en un animal no, pero el proceso es el mismo: un acto reactivo. Naturalmente, otra diferencia es que en la respuesta de un animal intervienen exclusivamente los instintos y en la de un hombre participa también la mente.
Como se sabe, las personas iracundas y violentas suelen ser individuos vulnerables, inmaduros y de poca autoestima, por lo que la ira suele resultar un mecanismo de defensa que se les dispara ante situaciones de mínimos. Algunas culturas de oriente vinculan emociones con órganos y, en concreto, vinculan la ira al hígado. Curiosamente, el sabio manda hacer un fuerte ejercicio físico al iracundo, en el que lógicamente se altera su respuesta orgánica, es decir, la demanda energética que necesita la ira es desviada a la necesidad que precisa el fuerte ejercicio. Magnífico consejo el del sabio.
También es interesante prescindir de la identificación. ¿Por qué decir que “yo soy iracundo”? ¿Por qué no decir “yo estoy iracundo a veces”? Si una persona tiene los ojos verdes ese hecho no se modifica nunca, pero incluso la persona más colérica tendrá momentos de calma; no es colérica siempre. Los ojos son siempre verdes; la ira, simplemente, está o no está.


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