La importancia de leer cuentos es que desarrolla la creatividad y habilidades del lenguaje. 

Los cuentos han sido, prácticamente en todos los pueblos y culturas, una forma privilegiada de transmitir sabiduría, tanto en lo que se refiere a su aplicación en lo cotidiano, como en lo que respecta a niveles más altos de conocimiento trascendente.

La taza de té

En cierta ocasión un hombre fue a visitar a un anciano que estaba considerado como un sabio, pues le movía la intención de aprender de su conocimiento. Cuando llegó a su presencia manifestó sus intenciones, pero a su vez dejó clara constancia de su experiencia y de sus logros. En un momento de la visita, el sabio lo invitó a una taza de té. El anciano cogió la humeante tetera y empezó a servir la infusión sobre la taza de su invitado. Inmediatamente la taza comenzó a rebosar, pero el sabio continuaba vertiendo té, de manera que el líquido se derramó.

––¿Qué haces? ––exclamó el hombre–– ¿No ves que la taza está ya llena?

––Ilustro esta situación ––contestó el sabio––. Al igual que la taza, tú estás lleno de tus propias creencias y opiniones ¿De qué serviría que yo tratara de enseñarte nada si antes no te vacías?

Moraleja

Solemos mostrarnos como el hombre de esta historia del budismo zen. Decimos que queremos aprender, pero no es verdad. Habitualmente buscamos personas que nos confirmen que nuestro conocimiento es el “auténtico”, y si sus opiniones no coinciden con lo que “ya sabemos”, o entran en conflicto con nuestras creencias, las relegamos como falsas. Incluso a veces buscamos el reconocimiento o el aplauso de otros a los que intentamos demostrar el nivel que ya hemos adquirido. También en otras ocasiones lo que deseamos es la confrontación, la polémica, que nos permita dejar constancia de “dónde estamos” y “quiénes somos”. Pero es muy difícil vaciarse. Ya se señala en todas las tradiciones la dificultad del “aprender a aprender”. Y este proceso pasa por las etapas del desaprendizaje. Toda adquisición de conocimiento verdadero pasa inevitablemente por una desestabilizante, pero precisa y preciosa fase de retorno al “desconocimiento”, a la inocencia. Un requisito indispensable sin el cual, según muestra el cuento, ningún aprendizaje es posible.